martes 21 de abril de 2009

Viejo

Hace unos días caminaba por un centro comercial capitalino, procurando no pisar las lineas de las baldosas del suelo, cuando me encontré con una situación bastante particular. Se trataba de un viejito, blanco en canas, muy concentrado mirando un esbelto y voluptuoso maniquí de una tienda de ropa de mujer; su cara de goze lo delataba: estaba disfrutando imaginar como sería tocar esos senos llenos de vitalidad. Estaba sumamente concentrado intentando darle movimiento a el inherte objeto, creando la situación en que lla plástica mujer saliera de la vitrina y se fueran juntos a la matiné a ver una película romántica y toquetearse.

Lo pillé viejito picarón. Se aprovecha de su ternura jeriátrica para aprovechar de mirarle las piernas a las jovencitas; estoy seguro que se jacta de que su vejez le otorga una sabiduria que se escapa de todo alcance de un alma inmadura como la mía. Quizás hayan muchos así, pero usted no. No me terminan de convencer los surcos que forman las arrugas en su rostro; creo que no son más que un fenómeno natural de la edad, nada más. Un fenómeno de la misma categoría que el que le impide andar fornicando con sus vecinas solteronas o con la viuda de la esquina, o que lo deja tan solo como un potencial pedófilo. Usted caballero vive en una eterna adolescencia, solo mermada por su físico desgastado y acabado.

Asi que no me venga con que el chascón no tiene idea de la vida, que usted no me intimida con el número de mujeres con las que se ha acostado. No me venga con sus consejos sobre la vida, sobre el amor, sobre mujeres. No, usted no. No me reproche nada ni me felicite, que usted no ha sido más que un ser básico y hedonista, ahora camuflado con su disfraz de anciano.

Sí, soy un tipo orgulloso que me niego oir la voz de la experiencia. Por que francamente no deseo su experiencia señor; no veo en usted nada que me haga sentir un deseo de seguir sus pasos. Prefiero crear mi experiencia, ladrillo tras ladrillo, cueste lo que me cueste.

Y usted lo único que es capaz de decirme es que me tomo todo muy en serio, que soy un tonto grave, mientras se ríe y tose nicotinosamente, con su dentadura acabada por la mala vida y su paso lento. Sospecho que no me ha escuchado ni una sola palabra.

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