Cuando pequeño vivía en un departamento que su balcón daba a la salida de un convento de monjitas. Siempre bien uniformadas las personas aquellas, no se les veía nada más que la cara, una cara que siempre la hallé algo cínica. Yo por encontrarlas mentirosas, a la edad de los doce años empecé ajugar a mearlas cuando pasaban por debajo de mi balcón, era un espectáculo muy divertido ya que emitían unos sonidos extraños, de todo menos improperios, excepto una vez. A una monjita se le escapó un ¡chucha! cuando sintió sobre sí mi tibio líquido amarillo que se inmiscuyó en su blanquinegro hábito. Recuerdo que a veces me costaba achuntarles por mis vaivenes corporales, era obvio: nadie podía estar quietito mientras el pequeño miembro libraba el elixir del cagatederisa. Era tanta esta risa que yo llegaba a saltar, era un gozo increíble. Muchas veces vino la Madre Superiora, supongo que era ella, ya que nunca hablaron conmigo, sólo mamá lo hacía. A las finales mis travesuras quedaban en nada de castigos. Mi mamá no me decía nada, sólo miraba con cara de ser mi cómplice y a mí qué me decían, lo hacía con más ganas y más cágatederisa. Papá tampoco decía nada, siempre pensé que jamás supo del acto hasta que un día, yo ya mayorcito, hablé con mamá, a estas alturas del partido no vivía en aquel espectacular departamento, sino en una casa que pasó sin penas ni glorias. Mamá me contó que gozaba con mis ominosos actos sin control del esfínter, o sí: yo lo controlaba a las finales para que escapara el cagatederisa; la cosa es que mamá gozaba ya que en un aciago y maldito día tuvo la suerte de ver a papá cogiéndose a la Madre Superiora, a aquella hija de Dios; y en otras instancias a otras bellas y cándidas monjitas. En fin, después de todo que yo las meara no era tan malo, inconscientemente de mi parte estaba haciendo un lindo y justo acto de venganza.
0 Reverencias:
Publicar un comentario en la entrada