jueves 5 de marzo de 2009

Contemplación.

¡Oh! ¡Simples mortales! He bajado del infierno (o subido desde la mismísima miseria celestial) trayendo conmigo una revelación que nos llenará de amargura, y nos condenará a otros cien años de maldición y soledad. Los Dioses se han reído en mi cara y Lucifer me confundió con una prostituta de mala muerte, pero creo que ustedes - los que vienen de ese lugar olvidado entre el bien y el mal- me escucharán.

Cuando éramos niños y gateábamos por ahí, con la marca maldita en nuestra frente, nos enseñaron que lo más alto que podíamos aspirar sobre cualquier ser, cualquier sentimiento u objeto, era el sentido de pertenencia. Crecimos con esa idea y vivimos toda nuestra vida de esa manera. Si nos parecía interesante una persona, deseábamos tenerla de amigo o amiga. Si un objeto nos resultaba útil y agradable, nuestro deseo inmediato - manifiesto o no- era el de poseerlo. Si nos enamorábamos, nos enseñaron que debíamos intentar tener a esa persona como novia o novio; tenerla para cuidarla, amarla, protegerla y otras blasfemias más.
¡Qué Grave Error! ¡El velo delante de sus ojos no les dejó ver nada! ¡Nunca entendieron! ¡Tanto sufrimiento por una mala comprensión! Lo más alto que podemos aspirar nosotros, los malditos, es el de la contemplación.

Nuestro destino es el de observar todo, lo que amamos y lo que odiamos. Observarlo con nostalgia, con la melancolía de no poder hacer nada. Nuestro destino es vivir en ese hermético túnel y contemplar toda la hermosura desde esas pequeñas ventanas. Es por eso que sufrimos: nos enseñaron que nosotros debíamos estar del otro lado, riendo y llevando una vida llena de pertenencias. Sin embargo, estamos aquí, lamentándonos y deseando la vida del resto. ¡Calla! Nuestro destino es contemplar como besan y acarician a la persona que amamos. Como otros logran lo que, eternamente y en secreto, soñamos. Nuestro destino es el de contemplar la felicidad ajena como si fuera nuestra.

¡Oh! Tu melancólica mirada la siento sobre mi hombro. Imagino los surcos que dejan las lágrimas sobre tus mejillas, mientras recibes esta revelación; sueñas con llevar otra vida. Te observo y ahí está tu ojo, buscando compulsivamente donde dirigir la vista. Estás triste. ¡Deseo abrazarte! ¡Lo Juro! Pero mi abrazo se diluye en el infinito espacio entre ambos, y en mi interior una duda me carcome los huesos: No sé si el ojo maldito es el de ambos o tan sólo el mío.

2 Reverencias:

  1. Desde tiempos inmemoriales la filosofía se vanagloria de su occidental división sujeto-objeto.

    Nos enseñaron que la vista era el talismán de nuestro cuerpo, nos enseñaron a separarnos del otro, nos enseñaron a distanciar, nos enseñaron a medir, nos enseñaron a mirar, a objetivar. El ojo es el gran culpable amigo mío, el ojo es el que ve al otro como algo ajeno a uno, el ojo es quien hace que queramos poseer-lo-que-no-tenemos. Desterremos al ojo y demos la bienvenida al tacto y al gusto. Con el tacto sólo hay unión, con el tacto el vocablo posesión se diluye porque no tiene significación, con el tacto sentimos sin disgregar, con el tacto follamos, con el tacto amamos, con el tacto acariciamos, con el tacto unimos, con el tacto vivimos, con el tacto disfrutamos. Y para qué hablar del gusto...

    ResponderSuprimir